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lunes, 9 de noviembre de 2020

LA SESIÓN DE ALTA… (de JdT)

Era un simple y ordinario día de mi odisea crónica. Seguimiento médico a los mismos síntomas atípicos que me han acechado desde que la memoria coronó mi muy subjetiva realidad.

Agobiado vi su semblante, ya nada más que hacer por su parte. Sus sigilosas palabras retumban aún entre mis abrumados tímpanos: 

“Estás en un punto -indicó- que no sé si dejar el caso como una irremediable alta de mejora o improcedente estabilidad clínica”.’

“No me deje sin el tratamiento por favor!” -supliqué. 

“La remitiré con la más prestigiosa colega en el campo, su hoja de vida es tan impecable como su hoja académica” -añadió.

Inicié muy distante, aparentando normalidad en mi padecer, con más razón ahora, que tenía un nuevo, secreto y peculiar aferro. 

Ella sostenía su mirada, ninguna sabía el desenlace que inefablemente se asomaba entre sus disfrazados gestos de cortesía.

Ella, sí ella, como la mejor en su ámbito logró ir poco a poco deshilando cada frase evasiva, y completando las piezas del rompecabezas a partir de mis simbolismos. Con cada símil que camuflaba mis oscuras áreas, trataba de pergeñar su diagnóstico.

Percibía una ansiedad creciente por conocer qué habría sustituido una de las dosis más complejas prescritas para un padecimiento como el mío.

Por mi parte, descubrí casi sin pretenderlo que ella había vaciado de contenido objetivo su estudio. ¡Claro!, entendí al poco rato que la profesional quedó detenida en el abismo de una mujer que tuvo el universo en sus manos, y sin el menor indicio simplemente ya no brilló jamás para sí.

Advertí con sutileza sus ávidas curiosidades, entrelazadas de interrogantes elaboradas y perspicaces preguntas de rigor. 

-Sí doctora, ¡así es! - fue mi respuesta final.  Me miró, con el típico nudo en la garganta que las mujeres eventualmente pretendemos encubrir. Su mirada era fuerte, pero el brillo de sus húmedos ojos tocó mi alma.

Me tentó decirle que todo era una mera invención de mi perturbada mente, pero ella mejor que nadie sabía que ese hombre sí era capaz de eso y más.

 La invadió la ira -entreví- y su única opción sí, su único consuelo, era trasladar ese fuego que le calcinaba el alma, a quién inició el desastre de las cenizas que ahora carga en su altar de vivencias.

Así pues, me encuentro aquí, luego de estabilizar mi sensorial vecindario del viaje trasatlántico que me trajo a esta cita de las 9 am, en un barrio, uno de tantos, que hacen tan singular la milenaria Barcelona.

Miro distraidamente el café que me acompaña, después de tal vivencia, entre esas paredes blancas, víctima de la revancha en que me hallo, pensando inexorablemente en su rostro trasfigurándose al saber el nombre de él. 

Él, al que por años sintió suyo, entendió así que aunque lo inauguró en la pasión, estrenó su lecho, le removió su corazón, le hizo partir lejos, lo impulsó a tomar decisiones que cambiaron nuevamente su vida, le mostró nuevos amaneceres en las ciudades del amor, encendió su cuerpo una y otra vez, cada vez que ella así lo quiso…mas no logró alejarlo de sus circunstancias, y obtusamente albergó en su corazón una casi resignada esperanza. Descubrió el relativo significado de 'sorpresa', solo que ahora desde una inédita vista, como lo han vivido sus pacientes, y ninguno de sus recursos profesionales -que antes prescribió- le sirvió a ella misma. 

Entendí, no sin cierta estupefacción, que mi primera doctora había logrado, a través de mí, su objetivo, una estratagema que me dejó pensando en el tópico de que la realidad puede superar una muy buena ficción.

Era solo mirarla y darse cuenta que moría en la misma hoguera que ella construyó para su rival. 

¿Cómo saberlo antes? Yo y mi orteguiana vida la arrolló como un tren de alta velocidad.

Ella me llevó a mi habitación del pánico en su medicinal estrategia, yo en cambio me salí y la dejé encerrada justo ahí. La diferencia es que el paciente sabe que quiere salir, en cambio el tratante ha ingresado tantas veces en esos recintos sin vulnerabilidad, que ahora no puede percibir su encierro. Trampas de la mente, un juego que vio ganar desde tribuna, pero no tiene idea de cómo se juega en el campo.

Continuo tomando mi café, intentando explicarme cómo fui capaz de decirle que él, si él, el enigma sin resolver en sus prestigiosas carreras era hoy mi alta. Ya les había complicado suficiente sus vidas, para ahora, además, complicarles su profesión.

Corto el doble expreso, mientras puedo vislumbrarlas tomar nota de cómo los tics que me atormentaban ahora reposan en su privilegiado órgano viril, ese que recuerdan vívido, pues encendió sus cuerpos. Documentando los momentos en que (humedeciendo mis labios) confidencié acerca de cómo se disipaban mis pensamientos obsesivos en una sublime felatio in ore. Que recostarme entre sus piernas era el más efectivo somnífero ingerido hasta la fecha. Que hasta el agua acrecentaba su graduación Celsius cuando recorría su cuerpo en las terapéuticas – y no menos regocijantes- duchas que tomamos juntos. Que le hice mío sin contemplación a su rígida postura del decoro. Que conocimos el placer en todas las poliexpresiones de éste, y que juntos cruzamos las fronteras del pudor, un lugar sin límites de fondo y forma.

Y aquí a punto del último sorbo de mi café, titubeo, al recordarlas temerosas de sus recuerdos de ese semidiós griego entre sábanas de satén, temblando el pulso mientras sus voces se quebraban en la disyuntiva de su mente (¿mujer-profesional?). Debería entonces saborearlo, alzando esta fina tacita de corte tan europeo, pensando que nuestro amor superó las primicias de una y las titularidades de otra, nuestros siglos desbordaron los alcances del cálculo y la lógica, él es más mío que de él mismo, por eso vive en mí y mi ser lo reconoce como su dueño.

Apurado el café y en disposición de irme con el sobre cerrado, lo miro llegar, de lejos, cómo se acerca sin la mínima idea de lo ocurrido. El paseo por su tierra natal le da un aire más galo que catalán, pero hermoso como el profundo océano que salta de su mirada singular, y que me pertenece.

Unos minutos han pasado, besos por doquier, abundantes caricias y sonrisas llenas de fe y amor, mientras a lo lejos, tras una ventana una fija mirada nos observa; de repente la secretaria del consultorio le avisa a la doctora que la paciente que sale estable (enamorada) dejó su parte médico. Ella susurra, sabiendo que el sobre en la mesa no es una omisión: “No lo necesita está de ALTA”.

 

PD. Este es un relato basado en una serie de eventos reales, vinculados a cuatro letras que fueron conocidas por dichas profesionales, pero descubiertas en todo su significado, únicamente… por la paciente. 

viernes, 17 de abril de 2020

ODA AL AMOR...(en tiempos del covid-19)


Con la firma JdT recibo esta reflexión sobre el amor...un estilo peculiar de prosa con aliento poético...

Yo pensaba que el amor debía de ser mágico y que todo era alegría, pero al cabo del tiempo experimenté que tras esa palabra se esconde el dolor más fuerte...

Aún con el transcurrir de las vivencias, me entero que todo no podía limitarse a un sopesarlas, y dejé de lado lo que podría ser ese sentimiento que embriaga a las masas...

De pronto, la vida me golpeó, y sí, me refiero a ese sentir como una bofetada que me despertó del letargo de una idealización del sentimiento, con tal fuerza entrañable que me arrebató los miedos, me desnudó (y desdudó) completa, acentuó mi no perfecta, pero sincera sonrisa, y con dolor incandescente puso luz en mi mirada, cegando así para siempre todo escenario cataclísmico del verbo en toda su esencia; se inoculó entre la sangre de mis venas y causó ebullición con coraje para despertar... Despertar de un idealismo heredado, de una concepción adquirida, de un apego infundido por medios ajenos al latir de mi propio corazón...

Fue tan fuerte su sutil y contundente toque que la transfiguración de mi ser dejó verme a la sombra de sus alas, templando escalofríos, humedeciendo la aridez. Susurrante y contemplativo configuró un nuevo amanecer interior.

Amar, qué lindo que suena; pero la verdad, una vez que nace el amor, es un diario quehacer, es lidiar con la velocidad de la luz cuando siento la suavidad de tus besos entrelazados con el paladar, y la letárgica espera del acariciar la luna que está deslizándose en el horizonte de tu espalda...

El amor se volvió una tentación, una adicción, una obsesión, una desesperación, una locura que, dentro de una pacificadora -pero ambigua- sensación de querer darlo todo, recibir todo, se tonifica como la razón para mantenerme firme, sostenerme en el borde de la demencia, soportar las circunstancias que definirían la eternidad del fuego que prende mis ganas de vivir...

El amor podría definirse de múltiples formas, cientos de versiones literarias, miles de manifestaciones pasionales, millones de experiencias sensoriales, pero para mi, mirándote, el amor son siglos, el amor es tu mirada miel avellana, es la sonrisa espontánea que me mueve a conquistar el mundo con tal de volver a contemplarla, es el sonido de tu respiración cuando te despides a tus sueños o la más galopante al extasiarte en mis caderas. Es verte saborear tus irrenunciables placeres del dulce, son tus anécdotas del devenir de tus años hasta llegar a la estación para proseguir nuestros viaje juntos a Itaca...Son las brillantes intervenciones en las pláticas del atardecer, es tu recodo griego que me domina, es el aglomerado de atención que me brindas, es saber que existes y que no estoy perdiendo la razón ni la fe. Es, para un corazón herido, sentir que no duele latir por vos...

Un final predecible sería decir que te amo, pero no podría pronunciarlo, no hoy, no ahora... Porque lo que siento por vos es básicamente todo de vos, y vos...eres más de lo que tanto se ha dicho del amor...

jueves, 23 de enero de 2020

UN LARGO ADIÓS...



Se despertó y lo primero que vio fue la pantalla del televisor encendida, sin sonido. Se había acostado viendo un partido de fútbol, sin volumen, para no despertar a Valeria que dormía a su lado, dándole la espalda. La fina sábana de hilo del coquetón hotel Jeanne d’Arc, en el corazón de Le Marais, a tiro de piedra de su adorada, por ambos,  Place des Vosges  , le cubría justo desde la cintura, apenas asomaba la cabecita de la mariposa cebra que llevaba tatuada en la frontera imaginaria entre la espalda y su nalga izquierda. Se incorporó con sigilo, entreabrió la cortina, el cielo parecía querer derrumbarse para sacudirse la borrasca; en la calle, los peatones apuraban el paso enfrentando un viento irascible. En minutos empezarían a surgir las primeras luces, en las calles y en los negocios.

Aquella mañana habían caminado mucho por su ciudad predilecta, callejeando, improvisando el recorrido. Coincidían en ese pequeño gran placer de ir descubriendo rincones, huellas de la historia simpar de la antigua Lutecia, detenerse en tiendecitas a la búsqueda o más bien al encuentro de “el” regalo que simbolizara, en alguna forma, esa experiencia compartida, un souvenir del particular oasis que construían en esos encuentros, que cada vez se espaciaban más.En buena medida –Martín no lo discutía en absoluto- por la visión excesivamente, digamos, contemplativa del transcurrir en la vida que él había adoptado desde su juventud. Una de sus frases preferidas, que solía repetir no sin cierta solemnidad, era la muy orteguiana “yo soy yo y mi circunstancia”.

Y, ciertamente, podía definirse la diferencia esencial entre las personalidades de Valeria y Martín por su forma tan distinta de enfrentar esa disyuntiva: Valeria era una poderosa leona –no sólo de horóscopo- con un yo que podía llegar a ser abrumador; mientras que Martín –tauro, manso, al menos en apariencia-  reconocía que navegaba a menudo por este mundo al vaivén de las circunstancias que se encontraba en la singladura. Ese era un símil que le encantaba, la vida como una travesía marítima, no en vano, el Viaje a Ítaca era como un himno para él. Así pues, Martin gustaba de evitar a toda costa situaciones tormentosas, aguas excesivamente profundas, y, en suma, procuraba que su nave cargara el menor lastre posible.

Su vida cambió, y se acentuó esa perspectiva vital, a raíz del súbito final del primer capítulo, llamémoslo así, de su relación con Valeria, iniciada al final del colegio, en el año previo a ingresar en la universidad. Unos meses antes de cumplirse cinco años de ese transitar juntos una etapa de crecimiento tanto personal como de pareja, en un entorno familiar, para ambos   tan seguro como desilusionante, y en el que habían tejido una relación sustentada en un gran cariño, más allá de sus notorias diferencias            , Valeria sintió que con Martin la vida se circunscribiría demasiado a un guión predecible y un tanto monótono. Y apareció –ahí Martín diría: “ves, las circunstancias…”- Santiago, en no pocos aspectos diametralmente opuesto a Martín, y Valeria apostó por un salto profundo en su devenir una adulta que, supuestamente, asía con más fuerza las riendas de su destino.
Martín también hizo un salto, más geográfico que otra cosa, y un par de años después de la ruptura, se fue a vivir a la Argentina. Tampoco pudo hacerlo solo, convivió y después se casó con Jessica. En ambos casos, lo habían rememorado no pocas veces, perduró un recuerdo entrañable de lo vivido en aquella etapa de aprendizaje, conjunto y recíproco.

Las circunstancias de nuevo -adhiriéndonos a la cosmovisión de Martín- hicieron posible, cerca de veinte años después, el reencuentro y, desde entonces, cincelaron un vínculo  muy particular a partir de sus respectivos -y muy disímiles- bagajes de vivencias y dispares caracteres, que los distanciaban sí, sin duda; pero que, sin embargo, no habían erosionado una profunda corriente de afecto y, en consecuencia, les permitía ir sobreviviendo a sus recurrentes divergencias.

Sus viajes se convertían en piezas de orfebrería, no perfectas desde luego, pero singularísimas. Valeria deseaba que, unas con otras, configuraran una joya, para Martín bastaba que fueran satisfactorias, aunque no encajaran entre sí.

Fue a la hora de comer, ya de sobremesa, tras ese paseo como el de otras veces, agradable en sus pequeñas complicidades, aunque presidido por un extraño silencio. No era raro que compartieran espacios de silencio, pero en esta ocasión se prolongaron más. Nada había sucedido, más bien anticipaba que algo estaba por venir y, además, como el tiempo, que iba a desatarse una tormenta.

Valeria, como en otras oportunidades, formuló con la claridad usual para expresar sus sentimientos, su decepción y desaliento ante la actitud distante de Martín, no la achacable a la geografía, cuando estaba cada uno en su país, ni en la física o gestual cuando se reunían. La primera era por el momento insoslayable, la segunda duraba apenas minutos, pues diríase que sus cuerpos habían guardado la memoria de sus incontables coloquios amorosos, independientemente de lo que había cambiado su morfología. No, el reclamo, de nuevo, radicaba en la incapacidad de Martín para mostrar algo más que una muy afectuosa cordialidad, mezclada con académica atención, cuando Valeria abría de par en par su corazón, no a la espera de una promesa de amor eterno o algo por el estilo, sino de una más elocuente empatía que la hiciera sentirse comprendida y contenida, acompañada –literalmente, por un compañero en el más pleno sentido de la expresión- en las vicisitudes que se precipitaban en su vida. Valeria sentía una honda ausencia de reciprocidad que se le hacía insufrible.

Se retiraron del comedor, cuerpos y mentes reclamaban descanso, tregua. Valeria no tardó en dormirse, Martín lo hizo al poco rato mientras trataba de distraerse mirando el fútbol.

jueves, 17 de octubre de 2019

AULA 19

Él, siempre parco, aunque con delicadeza, dijo que había sido un encantador intercambio de "regalos". Ella reveló su alma de poeta y como un torrente añadió: "Aliada del destino, cómplice fortuita, confidente clandestina...". Para más tarde agregar, en este caso, con inspiración ajena, aunque como alguien tan sabio como humilde caviló, la inspiración no pertenece a nadie, sino a quien la necesita: Si no era amor era vicio. Porque jamás una boca me hizo regresar tantas veces por un beso...

lunes, 15 de julio de 2019

EL CASTILLO ENCANTADO...

A medida que la soledad se hacía más profunda, se poblaba más de fantasmas que llenaban el vacío. Se sucedían en su imaginaria presencia casi como en una procesión. Se cumplía el ciclo de visitas, y lo cerraba con una invocación sagrada; así como mostrarle la cruz al vampiro...

La aparición de la fantasmagoría se favorecía, en algún caso, con un símbolo material. Uno muy particular le arrancaba una sonrisa inefable: La silla cuyo respaldar cedió un par de centímetros como resultado del frenesí carnal...

sábado, 6 de julio de 2019

CONVERSACIÓN CON EVA... A PROPÓSITO DE DÑA. JUANA...


- Bueno, contame Martín, el whatsapp fue un jugoso anticipo...

- Sí, hace ocho días, volví a recibir un "no" de Dña. Juana (apodo por el que Eva ya conoce la historia), y me dije "basta". Y se me ocurrió escribir - también pensando en el blog- un hipotético diálogo con ella, y mis posteriores pensamientos después del breve - como siempre- intercambio aquí, en esta misma cafetería...

- Sí, lo leí, muy claro y ameno. Me alegra cómo estás logrando conectarte con tus sentimientos.

- Gracias. Escribir tiene un efecto terapéutico, de hecho más de un escritor lo ha dicho; incluso recuerdo que uno ironizó que se había ahorrado mucho en psicoanalistas...

-Jajaja. Sí es cierto. A mí también me ha sucedido. Sentirme emocionalmente presionada y ordenarme al escribir.

- ¿Te ha pasado hace poco?

- Bueno, con mis hijos las cosas están yendo muy bien; pero, ya sabes, con Marcelo (marido) a veces he de hacer un auténtico esfuerzo. Más de una vez te he dicho de sus cualidades, su apoyo, su comprensión... pero también de sus manías y rigideces...

- Sí, y que no han faltado caballeros insinuantes...

- Sí, pero no puedo serle desleal, si finalmente sucediera algo no aguantaría dos días sin decírselo.

-No lo dudo, Eva. En general las mujeres, y una como tu en particular, no toleráis una doble vida, esa traición, ese fraude con vosotras mismas. En cambio a los hombres nos resulta más fácil ir de cacería
y después regresar a la choza como si nada hubiera pasado...Ese desconectar cuerpo y mente, actuar y sentir...

- Sí Martín, por ahí nacen las doña juanas...

- Efectivamente, los hombres hemos gestado esa feminidad que apuesta por las conductas masculinizadas, para bien y para mal...

- Bueno, pero no nos dispersemos intelectualizando...¿Cómo te sentís?...

- A ratos ahí está la herida, aún no cicatrizada del todo. Pero, en general, me impongo la idea del aprendizaje: Qué dicha haber tenido la oportunidad de un aprendizaje sentimental de esa clase...Nunca dejar de aprender, en el ámbito que sea... y a un costo bajo. Quiero decir, mis problemas, entre comillas, lo son en letra muy minúscula...

- Así hemos de verlo, somos privilegiados en tantas cosas.


Borrador escrito en Pandeli, un lugar que siento cada vez más agradable. En particular por la atención, desde Eugenia, la administradora, a sus colaboradores Luís, Cristina...

sábado, 29 de junio de 2019

CONVERSACIÓN CON DÑA. JUANA...

En la cafetería preferida (y única de encuentro):

Ella: - Cómo lo siento que el viernes no nos pudiéramos ver, pero ya había organizado esa cenita...

Él: - No te preocupés, para nada. Normalmente ya sé que me dirás que no puedes, entonces en una propuesta improvisada sabía que mis posibilidades no superaban el uno por ciento...

- Ojalá la próxima vez sí podamos los dos...

- Vamos a ver: Mi razón tiene las cosas muy claras. Para vos es suficiente vernos aquí cuando de tanto en tanto coincidimos y conversamos, diez quince minutos. Pero es mi corazón el terco, como buen Tauro, que insiste, "llámala, envíale un whatsapp...". Le ha dado duro al pobre, trato de convencerlo; pero ni modo, vamos  a ver cuándo desiste definitivamente, yo creo que la gaveta de noes está repleta...

Silencio, ella dibuja una medio sonrisa nerviosa, levanta las cejas, suspira levemente, siente que algo ha de decir...

- Está siendo una temporada difícil, con mucho trabajo y pocos resultados; algún proyecto nuevo no acaba de arrancar y exige tiempo...

- Descuida, como te digo lo tengo claro y los sentimientos no se pueden forzar, son los que son. Sólo cabe respetarlos. El irrespeto es el que lleva a no poder sostener ni un mínimo, digámosle, de amistad...

- Qué dicha que lo asumás así, lo valoro mucho...Bueno, he de marchar, me esperan para una cita en la oficina a las tres...Ciao.

- Ciao.

Y él se queda pensando: Qué buen trabajo hiciste de seducción y abandono. No os falta razón -o razones- a muchas mujeres para que actuéis así, a lo Don Juan, pero en femenino. Me intriga, ¿lo hacéis por temor o por despecho? Supongo que, como tantas veces en la vida, las cosas no son en blanco y negro, sino una combinación de ambos...

Se levanta y va para la caja, cavila por enésima vez: He de dejar de venir aquí...pero es todo tan rico...y las chicas me atienden no sólo bien, sino con genuino afecto...y no están los tiempos para ir botándolo...

miércoles, 2 de enero de 2019

SANTA CLAUS: DIÁLOGO ANTES DE PARTIR.

Se disponía Santa Claus a iniciar su singladura por el planeta en la jornada del veinticuatro de diciembre. Su espíritu tomó la muy conocida forma de un hombre bien regordete con poblada barba blanca y atuendo rojo con costuras blancas, que se desplaza por el firmamento con una majestuosa carroza tirada por imponentes alces. 

Su tarea en realidad, aunque se pueda desplazar a la velocidad de la luz, no es la de proporcionar obsequios a millones de hogares en donde los niños lo esperan con inusitada ansiedad, sino la de supervisar lo que sucede esa noche en infinidad de puntos del orbe e intentar, con el poder de su espíritu amorosísimo, llevar algo de él a un sinfín de familias, que les alcance una chispa de amor que haga la noche distinta y única en el año.

En esta oportunidad, su partida se demoró algo. Fiel a la otra cara de la tradición, El Grinch se hizo presente, a punto estaba Santa de convertirse en un punto de luz en el firmamento.

-Estimadísimo colega –saludó-. ¡Qué panorama te vas a encontrar ahí abajo, en tu amado planeta. Esa humanidad está cada vez más extraviada!

-Sí, sé que tienes razón –respondió Santa en tono meditativo-, por mucho que me duela reconocerlo.

-Son como niños, y me refiero a los adultos, claro –continuó El Grinch-. Infantilizados, irresponsables, pegados a sus artilugios tecnológicos. Por supuesto que los niños los imitan.

Santa se limitó a asentir con ostensibles movimientos de cabeza.

El Grinch prosiguió: -Y ya no digamos con el dinero, el invento más endiabladamente perverso –y nunca mejor dicho- de mi Jefe para hacer a los humanos marionetas de lo más manipulable. Ya puede el tuyo –El Grinch se refería al Jefe de Santa, Dios- ir tratando de derramar el amor, contigo, con lo que llamáis santos, con las supuestísimas Sagradas Escrituras

-Bueno, ya ya –interrumpió airado Santa-. Mucho os equivocaréis si creéis haber vencido.

-Cierto Santa –admitió El Grinch-. Sería un grave error cantar victoria antes de tiempo, eso no ha hecho más que empezar. No es una carrera corta, es de larga, muy larga distancia, y la vamos ganando. Cada vez los buenos –recalcó con irónico deleite- sois menos y estáis más rezagados.

Santa escuchaba pacientemente mientras acababa de preparar su nave- trineo con alces voladores según la tradición de los cuentos infantiles-.

-Yo vengo de ahí abajo –continuó refiriendo El Grinch-. Y es un auténtico festín de nuestras huestes. Guerras de todo tipo, desde las que dan noticias en los medios, a las microguerras en el interior de miles de hogares, en donde la violencia incluso supera nuestras expectativas, teniendo en cuenta que nos encontramos en una fecha en que celebráis un episodio culminante de vuestro fantasioso relato, con reyes magos incluidos dentro de unos días-. Y a continuación estalló en una enorme carcajada.

Hizo silencio por unos instantes. Volvió a ver a Santa, que seguía cabizbajo con sus preparativos. El Grinch prosiguió en tromba: - Y lo que te decía al principio sobre la tecnología. Realmente tu Jefe creó un ser extraordinario y por eso ha sido capaz de tantos avances excepcionales, pero ¡qué manera de emplearlos! Siento pena por ti –hizo una breve pausa-. ¿A su imagen y semejanza creó Dios a esos mamarrachos? –se interrogó El Grinch enfatizando sardónicamente su asombro-. Algo le salió mal. En cambio a mi Jefe, la tarea le resulta día a día más sencilla. ¿Te has fijado el odio que circula como materia prima principal en eso que llaman redes -nada menos que- sociales?-. Otra estruendosa carcajada puso punto final a su perorata.

Santa había finalizado sus arreglos de viaje. Suspiró hondo, se irguió con las manos en las caderas, dirigió su penetrante mirada al Grinch y le dijo: -El Bien es silencioso. Miles de seres humanos están tomando conciencia de los graves peligros que corren como civilización, por las guerras, por las despiadadas desigualdades, por los gravísimos daños infringidos a la Madre Naturaleza. En su quehacer cotidiano procuran, en la medida de sus posibilidades, contribuir a un mundo mejor. Y su ejemplo, muy poco a poco, cierto, irá permeando en otros seres-. La batalla -continuó con firmeza no exenta de suavidad- no lo puedo negar,  en estos momentos está casi perdida. Confío en que la humanidad sepa revertir a tiempo esta derrota que se avecina. Por eso voy para allá, para dar fortaleza a esos espíritus, unos pacíficos, otros aguerridos, que son bien conscientes – o despierten a ello-del porqué están encarnados en este planeta, de cuál es el sentido profundo de la existencia.

Y, desde luego, tu Jefe –añadió Santa con magnética energía que mantenía al Grinch enmudecido- está logrando resonantes victorias, sobre todo, por su capacidad de penetrar en la mente y el corazón de los que deberían constituirse en líderes de la humanidad. Pero no dudes –Santa acentuó su tono exhortativo, pletórico de fe- en que el Amor vencerá. No sé  cuántas víctimas del odio quedarán en el camino, pero esa inmemorial guerra entre el Bien y el Mal la acabaremos ganando. Aunque te vas a mofar, y no te faltan motivos, Dios no se equivocó.

Reinó un silencio descomunal. El Grinch quedó, a su pesar, algo conmovido. Había ido moderando su proverbial gesto burlón e inclinando ligeramente la cabeza. La levantó con determinación y se despidió: - Te admiro Santa, eres un gran rival. Nos vemos el año que viene.

-Hasta el año próximo, hermano –respondió Santa, ya instalado en su nave. Partió como una exhalación, en instantes era un punto de luz en el universo.

sábado, 15 de diciembre de 2018

EL LABORATORIO


Les voy a contar el sociodrama del que fui hoy testigo, sentado en la terraza del bar La Odisea, sito en el cruce de las calles Homero y Virgilio. El semáforo estaba descompuesto, la luz ámbar en ningún momento se apagaba, de manera que indicaba dos señales a cual más ambigua: Rojo y ámbar o verde y ámbar, a la vez. Y pasó lo que tenía que pasar, en una de sus dos posibilidades más obvias: Una, chocan dos vehículos que interpretan, cada uno a su manera, que todavía les da tiempo de cruzar. Dos, un conductor se sorprende de la desconcertante señal y decide, en el último momento, frenar un tanto abruptamente, lo suficiente para que un conductor que va veloz, y no mantiene una distancia adecuada, le golpee por detrás. Ha sucedido esto último. Protagonistas: Una mujer madura, titubeante; un joven que venía detrás, impaciente.

Los daños han sido relativamente escasos. La señora más que nada estaba asustada y nerviosa, el hombre entre incrédulo y desquiciado; sin embargo, se ha contenido y su actitud ha sido respetuosa.

Lo realmente llamativo, y que me ha hecho sentirme como inmerso en un laboratorio de experimentos sociológicos, son los comentarios de los transeúntes, recogidos al vuelo en los minutos posteriores al incidente. Constituyen una suerte de galería de personajes tipo, una micromuestra de la variedad y la complejidad de nuestra vida urbana y, por ende, de nuestra sociedad. Veámoslo:

-“¡Qué mal conducen las mujeres, lo que hay que ver¡”.
- “Reconozco que a veces pecamos de temerosas, pero es que los hombres, ¡qué imprudencias, qué temeridad¡”.
- “Es culpa del ayuntamiento, no da mantenimiento oportuno a los semáforos”.
- “Este cruce forma parte del Plan de Rescate Peatonal, pero son muchas las presiones para irlo demorando”.
- “¡Claro¡, esos separatistas sólo preocupados por la independencia, y descuidando la gestión del día a día”.
- ¡Santo Cielo bendito¡ podría haber sido muchísimo peor, se imaginan que hubiera sido un ciclista, ahora que hay tantos”.
- “A mi me pareció que la señora andaba distraída con el móvil”
- ¡No, para nada¡ más bien era el tipo el que no iba mirando al frente”.

Un último que me ha gustado:

-“Qué bonito el mensaje de ‘Campeones’, nadie se da cuenta de su propia discapacidad y cree ser de lo más normal…”

También , desde luego, fueron numerosos los que apenas echaron un vistazo y prosiguieron su camino; no entendí para nada lo que comentaron entre sí un par de magrebíes, y no faltó una pareja arrobada que, ensimismados en sus carantoñas, casi se dan de bruces con el auto de la señora, que quedó en plena intersección…

viernes, 30 de noviembre de 2018

"EL VARÓN RAMPANTE"...



-Está de película de terror, no recuerdo haber circulado por esta carretera en condiciones así…

Pocos minutos pasaron de mi comentario cuando, recién salidos de una curva muy cerrada, tuve que frenar en seco –valga la paradójica expresión- sobre un pavimento anegado. Por suerte, subíamos uno de los repechos más acusados de la tortuosa carretera a San Anselmo, adonde nos dirigíamos para visitar al abuelo Serafín por su octogésimo aniversario.

Quedamos a no más de cinco metros de un derrumbe que atravesaba toda la calzada. En su parte final, a nuestra izquierda, la tierra salpicada de piedras de mediano tamaño, se elevaba algo más de un metro y se desparramaba, en dirección al pueblo, unos quince.

Martina, mi novia, palideció; ya hacía rato que venía callada, impresionada por el escenario en una noche muy obscura, de diluvio, y con un viento que aullaba. Por dicha, ya habíamos cenado, muy bien además; pero empezábamos a sentir sed, seguro que por la mezcla, generosa para el paladar, de embutidos, quesos y vino; para acabar con un anís gentileza de la casa. Abracé con ternura a Martina, acaricié sus mejillas y asomó un atisbo de sonrisa en su carita que, en aquel instante, parecía la de Caperucita perdida en el bosque, temerosa de que el lobo feroz la acechara en cualquier momento.

Después de unas palabras que procuraban tranquilizarla, le dije:

-En lugar de distraernos con la radio que nos irá gastando batería, te voy a contar una historia del pueblo, de esas que parecen más obra de un literato que no reales. Me la contó el abuelo, testigo cercano, pues era muy amigo del protagonista…

Martina asintió más resignada que entusiasta. Y empecé: Mariano padecía de insomnio crónico y acostumbraba a salir en las noches -sobre todo en verano, no como la de hoy- a recorrer las colinas que circundan el pueblo. Regresaba ya amaneciendo y pasaba por el bar de Moisés, que abría muy temprano para atender a no pocos trabajadores de la mina de sal. Los veía fatigados y taciturnos, por lo que se le ocurrió empezar a contar historias que supuestamente le habían ocurrido y que, pensó, quizás los animarían.

Mariano tenía sus dotes histriónicas y un buen bagaje de vocabulario, con lo que podía alternar frases bien refinadas con vulgaridades. Las primeras provocaban un cruce de miradas de perplejidad entre la audiencia, apenas alfabetizada; las segundas, abiertas risotadas. Y es que, Mariano, sencillo y humilde, que sólo había cursado unos años de escuela, era un ávido lector; como decimos en catalán, en una expresión que me encanta, un lletraferit.

Serafín, que también es un entusiasta lector, me dijo que había reconocido, en más de una ocasión, que los relatos de Mariano estaban, digamos, inspirados en sus lecturas: Los personajes y algunas de sus peripecias. No faltaban duendes, brujas, hadas, árboles parlantes, como en “El Señor de los Anillos”…

-¿Recuerdas, cariño? -interrogué a Martina, mirándola con detenimiento. Estaba logrando el objetivo de entretenerla y apaciguar su desazón. Continué-: Y, por supuesto, no podía faltar la estrella de los bosques encantados: El unicornio.

Martina apostilló de inmediato:

-Siempre que escucho la palabra unicornio, me viene a la mente “El unicornio azul”.

Y se puso a canturrearla: “Mi unicornio azul ayer se me perdió, pastando lo dejé y desapareció…”. Yo me sumé e improvisamos un dúo: “Cualquier información la voy a pagar. Las flores que dejó no me han querido hablar…”. Nos reímos y nos besamos. Un repentino instante de tierna complicidad.
Yo no dejaba de sentir cierta aprensión, que no dejaba asomar  en lo más mínimo; pero, para mis adentros, en aquel momento pensé: Ahora aparece Leatherface con su motosierra…

-Sigue, sigue Adrián, me encanta -me alentó Martina.

Sonreí con la mayor convicción, apartando mi cavilación de pesadilla. Proseguí narrando:

Mariano lograba cautivar a la audiencia, fuera por el misterio, por el humor, por el atrevimiento decameroniano. En más de una oportunidad, alguno de los asistentes no tenía más remedio que interrumpirlo: “¡Ay, Mariano, acelera que nos tenemos de ir!”. Así lo hacía, y raro que al acabar no se escucharan aplausos.

Una vez la historia que contó atrapó singularmente la atención de los contertulios… y fue, cariño, cuando contó - plagio total- que había encontrado a un varón rampante, con uve; no un aristócrata, para no confundir mucho a los oyentes. Mariano citó frases casi textuales, y como que se identificaron con la filosofía de Cosimo; lo cual, si lo piensas Martina, no es tan de extrañar. Yo creo que en comunidades como San Anselmo, una sabiduría milenaria perdura, y les debió fascinar algo como –y ahí fui yo el que cité casi literal- “quien quiere mirar bien las cosas de la tierra, debe mantenerse a la distancia necesaria”…


jueves, 18 de octubre de 2018

AMOR Y SILENCIO...


Era una historia de amor y, por lo tanto, los amantes buscaban la fórmula perfecta para que perdurara. La suya era muy peculiar: Pasión, distancia y silencio. Eran precisas fuertes dosis de la primera -bien compartida- para hacer más soportable la segunda, inexorable. Pero, ¿y el silencio? Para ella era indiferencia; para él, callada resignación...


domingo, 14 de octubre de 2018

PRESENTIMIENTO...


Le gustaban mucho las librerías, las visitaba como un fervoroso creyente recorre iglesias. Pero esta vez experimentó un mal presentimiento que lo hizo detenerse antes de ingresar, barruntando por instantes pasar de largo. Entró finalmente. Su rostro se transmutó como si Dorian Grey enfrentara el espejo. Por momentos sintió que se derrumbaba que, de manera equivocada, había irrumpido en una dependencia del Gran Hermano...Sólo encontró pantallas...